Marea.
Creía que estaba dormida sin estarlo. Al menos no del todo. Notaba un leve peso sobre mi cintura, agradable, único. Miré de reojo la mano. La inspeccioné en segundos. No me hacía falta darme cuenta de quién era. Sólo podía ser tuya, de quién sino.
Agarré la mano con mi mano derecha, la levanté levemente y me puse boca arriba. Pero esa postura no me convencía. Me pongo de tal manera que tu nariz roza la mía, y te noto respirar. Me echo un poco para atrás. Quiero poder observarte sin que notes mi presencia. No quiero despertarte. Te miro, te admiro junto con esos primeros rayos de luz solar que se infiltran por las ranuras de la persiana. Eres increíble dormida. Eres un ángel en pleno descanso.
De nuevo con mi mano derecha agarro tu mano, que yace plácidamente allí donde la espalda comienza a perder su nombre. Suavemente la acerco a mi, a mi boca, que empieza a besarla con dulzura, con tacto, como si fuera un bebé recién nacido. Asciendo a la muñeca, subo en dirección a ese codo sufridor que sostiene, día tras día, el peso de tus hombros, de tu cuerpo, cuando te matas pensando. Beso tu brazo como si fuera a sanarlo. He llegado a tu hombro, descubierto, tras una noche de amor. Sólo las sábanas de seda que te protegen te guardan el secreto. Lo beso mientras mis manos vuelven a colocar la tuya en su sitio. Me acerco al cuello, mi nariz curiosa te huele, el cuello, la oreja, mientras mi boca va haciéndose dueña de cada rincón de tu cuerpo. Te doy un largo beso en el cuello que eriza tu piel, y tú, en tus sueños metida. Me resguardo bajo las sábanas por completo, te toco la cintura y poso ahí mis ganas. Mientras, mi lengua recorre tu pecho, centrándose en tus pezones, que se enfrentan a mi erguidos, casi dueños de ellos mismos, en constante duelo.
Juego con ellos, en el fondo disfrutan, se entregan, y se dejan hacer; es su última opción. Mi mano izquierda la poso en tu cara de criatura celestial, y mi mano derecha, ansiosa de pasión recorre levemente tus muslos, rozándote como se roza al aire, como una gaviota atraviesa el viento. Y yo, hundida en el lecho beso tu tripa, con la misma suavidad de siempre. Noto como se mueve, como la marea, que sube y baja, y nunca se detiene. Te acaricio. Eres cristal ardiendo. Preparada para darle todas las formas que nuestra mente dibuje.
Bajo más, hacia el rincón secreto, donde las palabras pierden sentido, donde, cualquier movimiento, te hace viajar fuera de ti, fuera de mí, fuera de esta casa que nos cobija. Y el tiempo, una vez en tu paraíso, se detiene. Y todo carece de valor excepto ese mismo momento. Excepto ese preciso instante en el que tú, levemente, abres los ojos y sonríes. En ese preciso segundo en el que tus manos se tapan la cara en la que está dibujada esa sonrisa. Y en esa precisa milésima en la que me dices;
- Me encanta que estés así de loca.
Afirmación a la que rápidamente respondo;
- Sí, loca por ti.
Y vuelvo a hundirme en el océano más seguro del mundo. Ése que día a día conquisto.
El mismo que día a día te hace volar libre.
Como lo que eres.
Agarré la mano con mi mano derecha, la levanté levemente y me puse boca arriba. Pero esa postura no me convencía. Me pongo de tal manera que tu nariz roza la mía, y te noto respirar. Me echo un poco para atrás. Quiero poder observarte sin que notes mi presencia. No quiero despertarte. Te miro, te admiro junto con esos primeros rayos de luz solar que se infiltran por las ranuras de la persiana. Eres increíble dormida. Eres un ángel en pleno descanso.
De nuevo con mi mano derecha agarro tu mano, que yace plácidamente allí donde la espalda comienza a perder su nombre. Suavemente la acerco a mi, a mi boca, que empieza a besarla con dulzura, con tacto, como si fuera un bebé recién nacido. Asciendo a la muñeca, subo en dirección a ese codo sufridor que sostiene, día tras día, el peso de tus hombros, de tu cuerpo, cuando te matas pensando. Beso tu brazo como si fuera a sanarlo. He llegado a tu hombro, descubierto, tras una noche de amor. Sólo las sábanas de seda que te protegen te guardan el secreto. Lo beso mientras mis manos vuelven a colocar la tuya en su sitio. Me acerco al cuello, mi nariz curiosa te huele, el cuello, la oreja, mientras mi boca va haciéndose dueña de cada rincón de tu cuerpo. Te doy un largo beso en el cuello que eriza tu piel, y tú, en tus sueños metida. Me resguardo bajo las sábanas por completo, te toco la cintura y poso ahí mis ganas. Mientras, mi lengua recorre tu pecho, centrándose en tus pezones, que se enfrentan a mi erguidos, casi dueños de ellos mismos, en constante duelo.
Juego con ellos, en el fondo disfrutan, se entregan, y se dejan hacer; es su última opción. Mi mano izquierda la poso en tu cara de criatura celestial, y mi mano derecha, ansiosa de pasión recorre levemente tus muslos, rozándote como se roza al aire, como una gaviota atraviesa el viento. Y yo, hundida en el lecho beso tu tripa, con la misma suavidad de siempre. Noto como se mueve, como la marea, que sube y baja, y nunca se detiene. Te acaricio. Eres cristal ardiendo. Preparada para darle todas las formas que nuestra mente dibuje.
Bajo más, hacia el rincón secreto, donde las palabras pierden sentido, donde, cualquier movimiento, te hace viajar fuera de ti, fuera de mí, fuera de esta casa que nos cobija. Y el tiempo, una vez en tu paraíso, se detiene. Y todo carece de valor excepto ese mismo momento. Excepto ese preciso instante en el que tú, levemente, abres los ojos y sonríes. En ese preciso segundo en el que tus manos se tapan la cara en la que está dibujada esa sonrisa. Y en esa precisa milésima en la que me dices;
- Me encanta que estés así de loca.
Afirmación a la que rápidamente respondo;
- Sí, loca por ti.
Y vuelvo a hundirme en el océano más seguro del mundo. Ése que día a día conquisto.
El mismo que día a día te hace volar libre.
Como lo que eres.

Extrañaba este tipo de relatos.