6ª estación.
Hoy tenía una cita. Había quedado. Cogí el metro, entré y para variar, estaba lleno. Pero tuve suerte y tras la primera parada me puedo sentar. Me siento de espaldas, con otros tres seres alrededor mío y otros cuatro en los asientos de al lado.
Antes de abrir mi libro y continuar su maravillosa lectura miró a una chica que, casualidad, leía el mismo libro que yo. La observo, es hermosa. Andrógina, morena, de ojos verdes, de mí estilo. Me quedo mirándola un rato, intercalando su figura con la del libro. Cuando levanta la cabeza retiro la mirada y abro el libro. Sigo las líneas de la historia, pero sé que ahora es ella la que mira. Y sé que sonríe al darse cuenta que leemos el mismo libro. Misma edición, misma editorial, misma imagen.
Levanto la cabeza con el impulso de volver a mirarla cuando creo que ya no me observa. Me equivocaba. Lo sigue haciendo, y me sonríe con una sonrisa que hacía muchísimo no veía en nadie. Le sonrío, hago el gesto con la cabeza (ese en el que parece que llevas un sombrero en la cabeza y te inclinas levemente) y vuelvo a mi lectura.
La miro de nuevo, de reojo. Ciertamente es increíble cuando lee. Es preciosa. Retiro la mirada; no quiero que vuelva a pillarme. Ya se me aceleró demasiado el corazón la primera vez.
Llegando a la 6ª estación, ella cierra el libro, lo guarda en la mochila, la cierra, se la pone, y sé que se me queda mirando. La noto sobre mí, a ella y a su alucinante mirada. Llegamos a su parada. Levanto por inercia la cabeza. La miro. Me sonríe. Y me dice;
- Sigue disfrutando del libro. Es increíble, ¿verdad?
Sonrisa tímida.
- Sí, sí que lo es. Gracias. Tú también.
Me sonríe de nuevo, me toca el hombro con la mano y me dice;
- Chao, hasta pronto.
- Chao – y es lo único que me da tiempo a contestarle.
Creo que no podré olvidar esa sonrisa. Ni su mirada refugiada en mí que parecía me leía el pensamiento.
Antes de abrir mi libro y continuar su maravillosa lectura miró a una chica que, casualidad, leía el mismo libro que yo. La observo, es hermosa. Andrógina, morena, de ojos verdes, de mí estilo. Me quedo mirándola un rato, intercalando su figura con la del libro. Cuando levanta la cabeza retiro la mirada y abro el libro. Sigo las líneas de la historia, pero sé que ahora es ella la que mira. Y sé que sonríe al darse cuenta que leemos el mismo libro. Misma edición, misma editorial, misma imagen.
Levanto la cabeza con el impulso de volver a mirarla cuando creo que ya no me observa. Me equivocaba. Lo sigue haciendo, y me sonríe con una sonrisa que hacía muchísimo no veía en nadie. Le sonrío, hago el gesto con la cabeza (ese en el que parece que llevas un sombrero en la cabeza y te inclinas levemente) y vuelvo a mi lectura.
La miro de nuevo, de reojo. Ciertamente es increíble cuando lee. Es preciosa. Retiro la mirada; no quiero que vuelva a pillarme. Ya se me aceleró demasiado el corazón la primera vez.
Llegando a la 6ª estación, ella cierra el libro, lo guarda en la mochila, la cierra, se la pone, y sé que se me queda mirando. La noto sobre mí, a ella y a su alucinante mirada. Llegamos a su parada. Levanto por inercia la cabeza. La miro. Me sonríe. Y me dice;
- Sigue disfrutando del libro. Es increíble, ¿verdad?
Sonrisa tímida.
- Sí, sí que lo es. Gracias. Tú también.
Me sonríe de nuevo, me toca el hombro con la mano y me dice;
- Chao, hasta pronto.
- Chao – y es lo único que me da tiempo a contestarle.
Creo que no podré olvidar esa sonrisa. Ni su mirada refugiada en mí que parecía me leía el pensamiento.
