UN SUSPIRO Y MIL LATIDOS I
Por ti.
Recuerdo haberte visto en la fiesta como una sombra que camina vagabunda por la noche, buscando un sitio donde asentarse. Recuerdo que nuestras miradas se cruzaron fugaz y eternamente. Recuerdo lo que le dije a mi compañera de piso:
- ¿Has visto a esa mujer?
- Si, claro. La invité yo.
- Si pudiera hablar con ella…
- Puedes, ¿Te la presento?
Tras esas palabras mis latidos se aceleraron y supe que no podría hacerlo. Ella era demasiado para mí. Yo era demasiado poco para ella.
- No, déjalo, no importa.
- ¿Seguro? Es una chica encantadora…
- Si lo sé.
- ¿Lo sabes? Pero si no la conocías…
- Pero lo sé.
La cara de sorpresa de mi amiga cambió, tal vez, al comprender qué era lo que se pasaba por mi cabeza. La última vez que vi su imagen se dirigía a la sala, donde sabía Ella estaba.
Me senté en el sofá. La música sonaba alta. La gente bailaba abducida por el ritmo de esas canciones pegadizas de verano que no soporto. Mis ojos la buscan, constantemente, en los ratos en los que no quedo absorta por su imagen, ésa en la que salía iluminada, cegándome los ojos, insistiendo en mirarla.
Veo a mi compañera de piso pasando delante de mí con una sonrisa extraña. Me mira, la miro, y se va corriendo. Algo prepara. Algo trama. Decido seguirla. Se mete en una habitación. Sale, y se mete en otra. Y de repente, alguien por detrás, con un pañuelo negro me tapa los ojos. Dos personas, hasta donde alcanza mi percepción me guían a lo que yo supongo una habitación. El ruido prácticamente desaparece, y alguien me susurra unas instrucciones al oído.
- Dentro de estas cuatro paredes reside el amor de tu vida. El mapa del laberinto que tienes delante sólo lo puedes ver a través de tu corazón. Encuentra el camino. Os estáis esperando.
- ¿Es Ella?
- Sois las dos. Y recuerda. No podéis quitaros los pañuelos.
Oigo la puerta cerrarse y el silencio se desprende de cada paso que doy, de cada paso que Ella da. Siento su olor, su respiración. Mi pulso se acelera y deseo encontrarla ya.
Por impulso extiendo un brazo y por un segundo la rozo. Mi cuerpo se estremece y mi piel agoniza. Un paso al frente y…
Ahí está.
Ella me agarra la mano y me acerca a su cuerpo. La agarro de la cintura. Me tiene dominada. Su respiración entrecortada se adhiere a mi cuello y a todo mi ser.
No puedo hablar. Ella tampoco. Lo noto, lo percibo. La conexión existente nos arrebata el sentido común y nos entregamos.
Giro la cabeza, me encuentro con su boca y comienzo a besarla tiernamente, despacio, saboreando sus labios como si no pudiera besarlos nunca más, como un placer prohibido triplemente atractivo sólo por serlo. Me toma la cara, le tomo la espalda y suavemente bailamos al son de esos violines que predicen lo que durará eternamente. Sus besos saben a gloria y a agua fresca. Ricos. Sabrosos. Pequeños y eternos en todo su esplendor.
No quiero dejar de besarla y ella me hace saber que tampoco cuando poco a poco me acaricia más y más. Sus manos son hielo sobre fuego. Me derriten, me apaciguan y me vuelven a encender. La continuidad de sus besos me transporta a una cama, sobre la que la siento y la desnudo. Aún sin poder ver me imagino su cuerpo brillante sobre sábanas de seda. Me imagino su cuerpo resbaladizo buscando el mío, impaciente éste por entregarse a ella.
Sin quitarnos el pañuelo, buscamos impacientes, un lugar en el que refugiar nuestras ganas. Y encontramos tras los besos una cama, fría, destinada a nosotras.
Nuestro deseo, nuestro amor, o lo que aquello fuera nos dominaba sobremanera, y nuestras almas guiaban nuestros movimientos. Sin parar de besarnos nos tumbamos lentamente, saboreando de la acción en el que consideramos es centro de la cama.
Los besos, incesantes, me aportan la vitalidad necesaria para sacar valor e ir desnudándola. Examino su camisa. Y ella, examina la mía. Se coloca encima mío y con un ligero movimiento, casi imperceptible, me levanta y me arranca la camisa sin dañarla, sin dañarme. Sin parar de besarme. Le desato el pantalón, y le quito la camisa. Pero me adelanto a sus deseos y le desabrocho el sujetador. Se enfada. Se excita, y vuelve a dominarme. Me agarra las dos manos con una suya. Me tumba en la cama y recorre mi cuello, mis pechos y mi tripa hasta llegar al límite del placer, que se encuentra oculto. Y todo con tal suavidad que quedo desnuda ante ella entregada a su dulzura, loca por ella.
Quiero ser suya y ella quiere ser mía. Lleva mis manos a su cintura y hace que la desnude, que la acaricie, sin perder ni un segundo de su boca.
La tumbo y me tumbo a su lado. No la quiero perder de mi lado. Nos amamos en la oscuridad de nuestros sentimientos, tras ese pañuelo que no hace sino acentuar nuestro deseo. La poseo y ella me posee, y nuestros labios se aman como si de su primer encuentro se tratase.
Nuestros cuerpos crean su propio lenguaje, unidos por un lazo invisible que no podremos romper, que espero, no queramos destruir.
- Eres maravillosa- acierto a decirle justo antes de dormirme en sus labios.
- Tú eres algo más.
- ¿Qué es lo que soy?- le pregunto mientras suplico un beso.
- Eres el amor de mi vida.
- ¿Has visto a esa mujer?
- Si, claro. La invité yo.
- Si pudiera hablar con ella…
- Puedes, ¿Te la presento?
Tras esas palabras mis latidos se aceleraron y supe que no podría hacerlo. Ella era demasiado para mí. Yo era demasiado poco para ella.
- No, déjalo, no importa.
- ¿Seguro? Es una chica encantadora…
- Si lo sé.
- ¿Lo sabes? Pero si no la conocías…
- Pero lo sé.
La cara de sorpresa de mi amiga cambió, tal vez, al comprender qué era lo que se pasaba por mi cabeza. La última vez que vi su imagen se dirigía a la sala, donde sabía Ella estaba.
Me senté en el sofá. La música sonaba alta. La gente bailaba abducida por el ritmo de esas canciones pegadizas de verano que no soporto. Mis ojos la buscan, constantemente, en los ratos en los que no quedo absorta por su imagen, ésa en la que salía iluminada, cegándome los ojos, insistiendo en mirarla.
Veo a mi compañera de piso pasando delante de mí con una sonrisa extraña. Me mira, la miro, y se va corriendo. Algo prepara. Algo trama. Decido seguirla. Se mete en una habitación. Sale, y se mete en otra. Y de repente, alguien por detrás, con un pañuelo negro me tapa los ojos. Dos personas, hasta donde alcanza mi percepción me guían a lo que yo supongo una habitación. El ruido prácticamente desaparece, y alguien me susurra unas instrucciones al oído.
- Dentro de estas cuatro paredes reside el amor de tu vida. El mapa del laberinto que tienes delante sólo lo puedes ver a través de tu corazón. Encuentra el camino. Os estáis esperando.
- ¿Es Ella?
- Sois las dos. Y recuerda. No podéis quitaros los pañuelos.
Oigo la puerta cerrarse y el silencio se desprende de cada paso que doy, de cada paso que Ella da. Siento su olor, su respiración. Mi pulso se acelera y deseo encontrarla ya.
Por impulso extiendo un brazo y por un segundo la rozo. Mi cuerpo se estremece y mi piel agoniza. Un paso al frente y…
Ahí está.
Ella me agarra la mano y me acerca a su cuerpo. La agarro de la cintura. Me tiene dominada. Su respiración entrecortada se adhiere a mi cuello y a todo mi ser.
No puedo hablar. Ella tampoco. Lo noto, lo percibo. La conexión existente nos arrebata el sentido común y nos entregamos.
Giro la cabeza, me encuentro con su boca y comienzo a besarla tiernamente, despacio, saboreando sus labios como si no pudiera besarlos nunca más, como un placer prohibido triplemente atractivo sólo por serlo. Me toma la cara, le tomo la espalda y suavemente bailamos al son de esos violines que predicen lo que durará eternamente. Sus besos saben a gloria y a agua fresca. Ricos. Sabrosos. Pequeños y eternos en todo su esplendor.
No quiero dejar de besarla y ella me hace saber que tampoco cuando poco a poco me acaricia más y más. Sus manos son hielo sobre fuego. Me derriten, me apaciguan y me vuelven a encender. La continuidad de sus besos me transporta a una cama, sobre la que la siento y la desnudo. Aún sin poder ver me imagino su cuerpo brillante sobre sábanas de seda. Me imagino su cuerpo resbaladizo buscando el mío, impaciente éste por entregarse a ella.
Sin quitarnos el pañuelo, buscamos impacientes, un lugar en el que refugiar nuestras ganas. Y encontramos tras los besos una cama, fría, destinada a nosotras.
Nuestro deseo, nuestro amor, o lo que aquello fuera nos dominaba sobremanera, y nuestras almas guiaban nuestros movimientos. Sin parar de besarnos nos tumbamos lentamente, saboreando de la acción en el que consideramos es centro de la cama.
Los besos, incesantes, me aportan la vitalidad necesaria para sacar valor e ir desnudándola. Examino su camisa. Y ella, examina la mía. Se coloca encima mío y con un ligero movimiento, casi imperceptible, me levanta y me arranca la camisa sin dañarla, sin dañarme. Sin parar de besarme. Le desato el pantalón, y le quito la camisa. Pero me adelanto a sus deseos y le desabrocho el sujetador. Se enfada. Se excita, y vuelve a dominarme. Me agarra las dos manos con una suya. Me tumba en la cama y recorre mi cuello, mis pechos y mi tripa hasta llegar al límite del placer, que se encuentra oculto. Y todo con tal suavidad que quedo desnuda ante ella entregada a su dulzura, loca por ella.
Quiero ser suya y ella quiere ser mía. Lleva mis manos a su cintura y hace que la desnude, que la acaricie, sin perder ni un segundo de su boca.
La tumbo y me tumbo a su lado. No la quiero perder de mi lado. Nos amamos en la oscuridad de nuestros sentimientos, tras ese pañuelo que no hace sino acentuar nuestro deseo. La poseo y ella me posee, y nuestros labios se aman como si de su primer encuentro se tratase.
Nuestros cuerpos crean su propio lenguaje, unidos por un lazo invisible que no podremos romper, que espero, no queramos destruir.
- Eres maravillosa- acierto a decirle justo antes de dormirme en sus labios.
- Tú eres algo más.
- ¿Qué es lo que soy?- le pregunto mientras suplico un beso.
- Eres el amor de mi vida.

Pienso en vos más de lo que debo, pero lo que se debe hace tiempo dejo de importarme, y vuelvo a pensar en vos mientras una sonrisa boba envuelve mi rostro.
Mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
por fin me necesites.
Lo hago...
Porque te tengo y no
porque te pienso
porque la noche está de ojos abiertos
porque la noche pasa y digo amor
porque has venido a recoger tu imagen
y eres mejor que todas tus imágenes.
Te sigo pensando...
te extraño =(
te quero....
Te quiero,
y te extraño tanto..
mi amor...
donde esta la primera parte de nuestro libro???
Ahh???
Mi amor....vine a firmarte y zas no ta mas =(
Vos querias ponerla, ponela amor.
Te extraño horrores.................
Te necesito horrores...............
Scout....quien es este anonimo???
Y porque te extraña tanto??
AH????
Deja que la encuentre y vera....
=P
Bsitos.
Muchito muchito
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