11.4.06

CÓDIGOS ILÓGICOS

Te dejé una reseña, te dejé una luz en el exterior del mundo y algo más. Te deje un mensaje. Oculto, secreto, con letras transparentes que sé, sólo tú puedes leer. Tal y como podrías leerme el pensamiento si nuestros ojos se mirasen por un segundo. Tal y como descifrarías mi vida, escrita en pequeños códigos ilógicos que se crearon, que crecieron, tras ese primer contacto imaginario, cuando tú aún eras el reflejo de un sueño, las sombras de alguien que podría amar si estuviera aquí.

Y cuando te encierro en mis pensamientos, es cuando más viva te siento, cuando tu respiración, entrecortada, regala bellos sonidos a mis oídos, cuando tus suspiros, para mí, son los últimos.

Pero, de repente, alguien me interrumpe en mi viaje.

- Perdona, ¿Quieres otra taza de café? – me pregunta una chica morena, de pelo corto y de mirada tan profunda, que me veo nadando en el fondo del océano.
- Si, por favor. Gracias. – Fueron las únicas palabras que acerté pronunciar.
- Estabas realmente fuera de este mundo, ¿eh?
- Si, creo que si. Ya sabes, hay veces que los pensamientos guían nuestras horas.


Por un momento me di cuenta que esa chica transmitía una extraña fuerza, un “algo” que yo conocía, que me era exquisitamente familiar. Pero parecía que mi mente no acertaba a captar su imagen. Sin darme cuenta, me quedé mirándola, intentando recordar a aquella que sabía estaba ahí y no alcanzaba. Ella se percató de mi chequeo y me sonrío, como solo ciertas personas saben.

- Adivino lo que estás pensando – me dijo con una dulce voz que, por fin, reconocí en ti.
- Seguro que sí. Ella tiene la misma capacidad.
- Y, ¿Quién es ella? – me preguntó con una mirada oculta en su rostro.
- Ella, la dueña de mis sueños, la artista que consigue dibujar en mí su figura junto a la mía. Ella, la obra más buscada del mejor de los pintores.


El intercambio de frases espontáneas, no siguió. Cuando abrí los ojos y reconocí ese café, sonreí. Lo tomé, como aquellos amantes que ansían sellar sus labios a media luz. Café frío. Yo nunca lo pido frío. Miré la hora. Llevaba dos horas ahí sentada, apoyada en el mismo trozo de hoja, con la misma pluma, y en la misma postura. Ni el ambiente, ni la gente, ni la camarera eran los mismos. Y el trozo de hoja donde horas antes me disponía a escribirte, tampoco lo era.

Había algo dibujado. Algo … que de forma consciente no había trazado.

Trazos finos, paralelos, perfectos. Esa perfección … ese rostro … tan bello, tan singular, tan inquietante … Formaban un todo, de pequeños códigos ilógicos excitantemente descifrables que resolvían ser tu reflejo.

Aún hoy conservo el dibujo, muestra de nuestro primer encuentro, más secreto que nunca, firme y eterno reflejo de esa vez que fuiste la chica del café, de esa vez que sumergida en pensamientos, el más maravilloso sueño se tornó en la más morbosa realidad.

1 Comments:

Anonymous Anonymous said...

Buen juego entre realidad y suspensión del pensamiento.

11 April, 2006 04:32  

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